Tiroiditis de Hashimoto y el virus del Epstein-Barr

por | Mar 2, 2024 | psiconeuroinmunología, virus | 0 Comentarios

El beso de mi vida, el beso que lo cambió todo…

El virus de Epstein-Barr (EBV) puede estar relacionado con el hipotiroidismo, especialmente en el contexto de enfermedades autoinmunes como la tiroiditis de Hashimoto.

INFO: La tiroiditis de Hashimoto es una enfermedad autoinmune crónica en la que el propio sistema inmune ataca a la glándula tiroidea, provocando inflamación, disfunción tiroidea y, como frecuencia: hipotiroidismo. Fue descrita por primera vez en 1912 por el médico japonés Hakaru Hashimoto. Por lo que se le reconoce el mérito atribuyéndole el nombre.

¿Y cómo el virus del Epstein-Barr podría afectar a la tiroides?

  1. En primer lugar, una infección latente que se reactive. Como muchos virus, el EBV puede permanecer en estado latente (ciclo lisogénico) “escondido” en el interior del ADN de algunas de las células del cuerpo. En un momento dado, puede reactivarse sobre todo si hay estrés, disbiosis intestinal o inmunosupresión. Su estrategia ecológica es oportunista, cuando llega el momento de mayor probabilidad para replicarse reinician su actividad y ejecutan su ciclo de dispersión a otras células y a otros seres individuos.
    La cuestión aquí es que se ha detectado EBV en tejido tiroideo de pacientes con Hashimoto, sugiriendo una posible implicación del virus en el daño a la glándula (Dittfeld, 2016).
  2. Otras de las causas es el mimetismo molecular. El sistema inmune puede confundir proteínas del virus con proteínas de la tiroides, desencadenando una respuesta autoinmune contra la glándula. Desde el punto de vista del sistema inmune, podríamos decir: si el patrón de moléculas es similar, ¿no será que está aquí el virus?
  3. Inflamación crónica de bajo grado y alguna disfunción inmunitaria. El EBV puede contribuir a un estado inflamatorio crónico siliente que altere la función tiroidea y favorezca la autoinmunidad.

Vamos con la evidencia científica

Varios estudios han encontrado una mayor prevalencia de anticuerpos anti-EBV en pacientes con Hashimoto. Mira:

  • Janegová et al. (2015) con el rol de la infección con el virus de Epstein-Barr en el desarrollo de enfermedades tiroideas autoinmunitarias.
  • Lu et al. (2024) sobre la infección por dos virus (papiloma humano y virus de Epstein-Barr) en lesiones benignas de tiroides.
  • AL‑Rammahi y AL‑Khilkhali (2023) y la detección de EBV y la enfermedad autoinmune de Hashimoto.
  • Y también Kozłowska et al. (2024), ¿Acaso EBV y los TLR intracelulares afectan el curso de la enfermedad de Hashimoto? En este estudio se relaciona pacientes con Hashimoto recién diagnosticado en quienes se detectó ADN de EBV, y esos mismos pacientes mostraron activación significativamente mayor de TLR3, TLR7 y TLR9, lo que sugiere un mecanismo de reactivación que influye en la respuesta autoinmune.

¿Qué puedes hacer en caso de hipotiroidismo y portador del virus de Epstein-Barr?

Si ya has confirmado que tu caso de hipotiroidismo está relacionado con una reactivación del EBV, se puede trabajar en varias líneas:

    1. Modular el sistema inmunológico con estrategias antiinflamatorias y micronutrientes clave (selenio, zinc y vitamina D).
    2. Reducir la inflamación y la actividad autoinmune.
      • Priorizar una alimentación antiinflamatoria y rica en selenio, zinc, omega-3 y polifenoles.
      • Controlar la disbiosis intestinal (posible implicación de permeabilidad intestinal en autoinmunidad).
      • Evitar desencadenantes como el gluten y lácteos (según tolerancia).
    3. Apoyar la función hepática (eliminación de toxinas virales).
      • Complejos herbales como el cardo mariano, NAC y diente de león pueden ayudar en la depuración de metabolitos virales.
    4. Controlar el estrés crónico, que puede favorecer la reactivación viral.
    5. Optimizar la salud intestinal, ya que la disbiosis puede agravar la autoinmunidad.
    6. Evaluar la necesidad real de Eutirox. Pide información y pregúntale a tu médico si el daño tiroideo es avanzado, y si realmente el tratamiento sustitutivo puede ser necesario a largo plazo. Si el órgano aún tiene función tiroidea, la estrategia inmunomoduladora podría ayudar a mejorar la producción endógena de hormonas tiroideas.
    7. Regular la activación viral. Puedes apoyarte en compuestos antivirales naturales como el extracto de olivo, la quercetina, el reishi o el regaliz (si no hay hipertensión).

Conclusión: aunque no en todos los casos de hipotiroidismo hay una relación directa con la enfermedad del beso, su reactivación podría contribuir a la inflamación y la autoinmunidad tiroidea. Y por eso, tratar la raíz del problema (inmunomodulación y equilibrio del sistema nervioso) puede ser clave en la recuperación.

Desde la PNI, la estrategia de abordaje puede variar ligeramente según el paciente, pero igualmente se insiste, en ambas situaciones la modulación del sistema inmunológico será clave. En Hashimoto, el EBV puede actuar como un desencadenante y perpetuador de la autoinmunidad. Mientras que en hipotiroidismo clínico sin Hashimoto, puede ser un factor inflamatorio subyacente, pero hay que descartar otras causas antes de asumir que el virus es la raíz del problema.

En cualquiera de los casos, modular el sistema inmunológico, apoyar la salud intestinal y optimizar micronutrientes puede mejorar los síntomas y reducir la dependencia del Eutirox en algunos pacientes.

¿Y qué pasa si es hipotiroidismo sin Hashimoto?

Si no hay autoinmunidad confirmada, el foco puede estar en:

  • Descartar deficiencias nutricionales. Es una causa común del hipotiroidismo subclínico, como deficiencias de yodo, selenio, zinc, hierro o vitamina D. Si hay deficiencia, lo suyo es corregirla antes de asumir la necesidad de tratamiento hormonal de por vida, ¿no? Quizá el órgano funciona, pero le faltan esenciales.
  • Apoyar la conversión de T4 a T3. Optimizar el metabolismo hepático y suprarrenal es clave en la conversión de las hormonas tiroideas. Así como evitar el estrés oxidativo como el NAC, omega-3, antioxidantes.
  • Y, claro, evaluar si EBV puede estar contribuyendo a un estado de inflamación crónica participando en deteriorarlo todo… Si hay síntomas compatibles con una reactivación viral (cansancio extremo, inflamación, síntomas gripales recurrentes), se podría abordar de manera similar a Hashimoto.

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      En los últimos años, el concepto de permeabilidad intestinal ha pasado a formar parte del lenguaje habitual de muchas personas interesadas en su salud digestiva e inmunológica. Sin embargo, esta popularización no siempre ha ido acompañada de una comprensión profunda de lo que realmente implica la función barrera intestinal, ni del papel central que desempeña la microbiota intestinal en su regulación.

      Lejos de ser algo pasivo, que nos va o nos viene según condiciones, es al revés, pues la barrera intestinal constituye un sistema dinámico, altamente regulado, cuya función principal no es impedir el paso de todo, sino regular de forma selectiva qué puede atravesar el epitelio intestinal y en qué condiciones. Comprender esta idea es fundamental para alejarse de interpretaciones simplistas y alarmistas.

      Para que nos entendamos. Si hacemos un zoom ultra profundo en el límite que separa una célula intestinal de la otra. Ahí es donde sucede «esto» de la permeabilidad intestinal. Esta barrera actúa (te pongo una analogía) como las puertas automáticas de la estrella de la muerte.

      En este artículo voy a profundizar en los componentes de la barrera intestinal, en el concepto fisiológico de la permeabilidad intestinal, en su relación con la microbiota y el sistema inmune, y en las estrategias generales de regulación descritas en la literatura científica (hasta 2024).

      La barrera intestinal: una superficie clave para la homeostasis

      La «pared» intestinal [un apunte: a nivel histólogico, nos pasa a los biólogos que eso de pared nos suena a bacteria o a planta, pero también sabemos que se aceptan otras formas de hablar en otras disciplinas (FIPAT, 2008; y Miguel Rubio, un gran profesor)]. Bueno, el caso, la «pared intestinal» cubre una superficie aproximada de 400 m², lo que la convierte en una de las mayores interfaces entre el medio externo y el organismo. Su función principal es doble y aparentemente contradictoria: por un lado, permite la absorción de nutrientes, agua y electrolitos, y por otro, evita la entrada incontrolada de antígenos, microorganismos y toxinas.

      Para cumplir este papel, la barrera intestinal no puede entenderse como una única estructura, sino como la interacción coordinada de varios sistemas. Clásicamente, se distingue entre una barrera externa o física y una barrera interna o funcional, cuya comunicación constante permite mantener una permeabilidad equilibrada.

      Componentes de la barrera intestinal

      El epitelio intestinal: una monocapa altamente especializada

      La barrera intestinal está formada por una monocapa continua de células epiteliales, organizadas de forma polarizada y unidas entre sí por complejos proteicos que garantizan tanto la integridad estructural como la funcionalidad del tejido. Es decir, entre tú y el mundo sólo hay una línea de células, como estas:

      Permeabilidad intestinal

      Dentro del epitelio intestinal se encuentran distintos tipos celulares, cada uno con funciones específicas:

      • Enterocitos. Constituyen aproximadamente el 80 % de la barrera y participan activamente en la absorción de nutrientes.
      • Células caliciformes. Encargadas de producir el moco que recubre la superficie intestinal. Esto es algo muy a tener en cuenta cuando hablemos de microbiota.
      • Células de Paneth. Secretan péptidos antimicrobianos y contribuyen al control del ecosistema microbiano.
      • Células enteroendocrinas. Liberan hormonas y neuropéptidos implicados en la regulación digestiva y metabólica.
      • Células M. Especializadas en la presentación de antígenos al sistema inmune asociado a la mucosa.

      Esta diversidad celular refleja que la barrera intestinal no es una simple pared, sino un órgano sensorial, inmunológico y metabólico.

      La capa de moco: primera línea de contacto con la microbiota

      Otro componente fundamental de la barrera intestinal es la doble capa de moco. La capa más externa constituye el hábitat principal de la microbiota intestinal, mientras que la capa interna, es más densa, y limita el contacto directo de los microorganismos con el epitelio.

      Esta organización permite una convivencia controlada entre el huésped y su microbiota, favoreciendo funciones beneficiosas sin comprometer la integridad del epitelio. Alteraciones en la cantidad o calidad del moco pueden modificar esta interacción, afectando a la función barrera.

      Uniones intercelulares: el control fino de la permeabilidad

      Las células epiteliales están conectadas entre sí y a la membrana basal mediante uniones intercelulares, que regulan el paso de moléculas entre el espacio luminal y el compartimento interno. Estas uniones se clasifican en tres grandes grupos: uniones estrechas, uniones de anclaje y uniones comunicantes.

      Uniones estrechas (las famosas tight junctions)

      Son las uniones más apicales y desempeñan un papel primordial en el mantenimiento de la permeabilidad selectiva. Están formadas por complejos multiproteicos que incluyen proteínas como ocludina, claudinas, JAM y tricelulina, y su función es limitar el paso paracelular de iones y macromoléculas.

      La permeabilidad intestinal no depende de la apertura o cierre absoluto de estas uniones, sino de su regulación reversible, que permite adaptar el paso de sustancias a las necesidades fisiológicas.

      Uniones de anclaje

      Incluyen los desmosomas y las uniones adherentes, que conectan el citoesqueleto de las células vecinas y aportan resistencia mecánica al epitelio.

      Uniones comunicantes (gap junctions)

      Permiten la comunicación directa entre los citoplasmas celulares mediante canales formados por conexinas, facilitando el intercambio de iones y pequeñas moléculas.

      El sistema inmune y el sistema nervioso entérico

      En la parte más interna de la barrera intestinal se localiza el sistema inmune asociado a la mucosa, encargado de reconocer antígenos y toxinas y de activar respuestas inmunes específicas cuando es necesario.

      Junto a él, el sistema nervioso entérico, organizado en los plexos mientérico y submucoso, conecta la barrera intestinal con el sistema nervioso autónomo, integrando señales mecánicas, químicas e inmunológicas. Desde un enfoque de Psiconeuroinmunología, esta interacción es clave para entender cómo el intestino actúa como un centro regulador sistémico.

      ¿Qué es la permeabilidad intestinal?

      La permeabilidad intestinal se define como una característica funcional de la barrera intestinal, cuantificable mediante las tasas de flujo de moléculas a través del epitelio. No es un fenómeno patológico en sí mismo, sino una propiedad fisiológica necesaria para la vida.

      La permeabilidad está en estrecha relación con:

      • La microbiota intestinal comensal.

      • Los elementos del sistema inmune de la mucosa.

      • El estado del epitelio y de la capa de moco.

      Diversos factores pueden modularla, como cambios en la microbiota, alteraciones del moco, daño epitelial, dieta, alcohol o características del estilo de vida.

      Diagnóstico de la permeabilidad intestinal: qué se puede medir y qué no

      Desde el punto de vista experimental y clínico, la evaluación de la permeabilidad intestinal puede realizarse mediante diferentes aproximaciones.

      1. Estudios experimentales. La cámara de Ussing fue una de las primeras herramientas utilizadas para estudiar la función barrera, permitiendo medir el transporte activo de iones en muestras de tejido intestinal. Su uso está limitado a entornos de investigación.
      2. Diagnóstico in vivo en humanos. En humanos, la evaluación funcional de la permeabilidad se realiza mediante:
        • Pruebas con macromoléculas. Como lactulosa, manitol o L-ramnosa, que se administran por vía oral y se detectan posteriormente en orina.

        • Biomarcadores de integridad epitelial. Que incluyen moléculas de adhesión solubles y marcadores de inflamación o inmunidad.

      Es importante señalar que estas pruebas no miden directamente «agujeros» en el intestino, sino patrones de paso molecular (el paso de estas sustancias) que deben interpretarse en contexto.

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